Jimena detiene su coche. En la radio suena Fly me to the moon desde la voz de Tony Bennett. Hace más de cinco horas y dos vinos que la noche ha ensombrecido el día. Mientras mira el brillo de las gotas de agua sobre el cristal se pregunta que ha pasado. La visión de él tomándola por los hombros con sus manos al entrar en la consulta, inyectando horas de una conversación espumosa, y el hosco silencio de su despedida hablan de dos personas diferentes. Tal vez, escindidas.

La primera vez que lo vió se sintió acogida por su extraña amabilidad. Parecía que su presencia entera la esperaba. Cuando Jimena llegó a la consulta de aquel médico le pareció respirar oxígeno de otro siglo, alguno que debió ser más humano. Entre huesos y posologías, ella le observaba. Observaba su mano deslizándose sobre el papel, anotando su medicina. Ese movimiento tan indefenso como seguro, tan civilizado y silvestre al mismo tiempo le resultaba muy familiar.

Ella era la última visita de la jornada y no hubo reloj que impidiese llegar de los dolores de muñeca a los dolores del alma.  No había otra ruta posible en sus mapas. Tenían tanto en común. Ella sabía de lo alquímico de esos espacios donde las personas van a curar sus heridas. Donde todo y nada necesita ser contado.

La Navidad estaba cerca y habían llegado botellas de agradecimiento repletas de vino. Mientras él dejaba caer aquel caldo granate sobre las copas, Jimena le escuchaba y palpaba su orfandad.  En su palabra y su silencio, veía al buscador incansable que teme no sentirse arraigado a ninguna órbita.

Jimena era hija de uno de los más reconocidos psiquiatras de Alemania. Por pura devoción paterna se formó como psiquiatra, descubriendo que su mejor manera de estar en el mundo era aportar algo que de verdad fuera suave brisa en las alas de sus pacientes. Nada distanciaba su nombre de su profesión, su cuerpo de su diván. Por eso le costaba tan poco encontrar a ese huésped que habita las verdades y mentiras que todos cuentan.

Y en aquella consulta, el joven médico y ella charlaban como dos viejos conocidos sobre sus aventuras, aquellas que habían emprendido para alinearse con sus puntos cardinales.

Pero en realidad no se conocían. Por eso, cuando Jimena posó su mano con ternura sobre la del joven médico, se apagaron todas las músicas. Y el silencio acompañó la despedida.

No todos conocían la regla de Oro.

Eran tantos los que se acercaban a Jimena para contarle cuánto les había ayudado el Doctor Sanabre. Pero sólo ella sabía que su padre había sido un gran dependiente de los demás. Un artista en la disciplina del recibir. Su máximo defensor.

Ahora, resguardada en el coche, resuenan las gotas de lluvia sobre el capó y  las palabras de su padre en su memoria:

Lo sencillo es ser un “dador”.  Ser un “recibidor” es tremendamente más complejo. Cuando recibes, cuando dejas que alguien te ayude, incluso que te salve, estás disolviendo tus limitaciones, esas que te hacen sentir en ocasiones que eres humillado y, lo más importante, estás provocando que la persona que te da sea generoso. Que sus manos se vuelvan doradas y su corazón se magnifique.

Recibir significa decirme a mi mismo “sé que te necesito” y decirte “eres rico“.

Cuando recibo hay alguien que da, cuando doy no necesariamente alguien recibe.

¿Acaso no estamos aquí por el abrazo que nuestros padres se dieron?

Recibir, o lo que es lo mismo, permitir que el otro me de, obra milagros.
Decir sí a todo lo que está siendo significa entregarnos a la riqueza que nos rodea. A la grandeza de nuestra alma. A la grandeza de la gran Alma.

Si algunos de mi pacientes hubieran tomado la mano de aquellas personas que tenían tanto que entregarles y las hubieran mirado a los ojos diciendo “sí”, no hubieran pisado mi consulta.

 

Jimena arranca. Su mano todavía guarda el calor.