Imagen de Jenny Fdowning

Querido lector,

 

Es probable que más de una vez te hayas visto tentado por el eco de la palabra especial.

Sí, tus experiencias son especiales, te ocurren sucesos notorios, ambientados en un aire de exclusivo misterio. Tu relación con tu profesor de Yoga o tu pareja también es especial, distinta a la del resto de mortales; como si gozaras de alguna complicidad de la que el resto queda excluído. Tus procesos internos son también especiales, diferentes a los de otros; están dotados de una originalidad que te convierte casi en un ser elegido. Tu viaje por el sur de India fue tan especial… nada que ver con el suyo. Él, pobre, sólo tuvo acceso a lo más turístico, no se dejó empapar por ese subcontinente profundo. India no le escogió. Pero a ti, sí.

Esto te otorga una identidad, y no una identidad cualquiera sino una identidad especial.

Es hacer sonar la palabra y ahí está el ego, calzándose sus tacones más altos, hinchando el pecho y mirando alto a un lugar reservado donde la existencia te espera con una alfombra de rubíes.

Además, cuando dices “especial” la punta de tu lengua hace una especial presión en la parte posterior de los incisivos al pronunciar la “c”. En ocasiones hasta podrías haber alargado la “l”.

 

En un viaje a India estuve ingresada en un hospital de Ayurveda.

Llegué con el cuerpo fatigado y me encontré ante una cola de horas, paredes desconchadas, un calor húmedo apenas aliviado por el girar denso de un ventilador y algunas bombillas sin vestir colgando de un techo cubierto de esas historias que el ser humano necesita imaginar cuando la vida le resulta hostil. A mi cuerpo, y sus noches de sueño irreconciliable con el dolor, el lugar se le hizo más pesado que su propio sufrimiento.

Sin embargo, día tras día, aquel lugar se convirtió en un santuario. Tras años de médicos, introspecciones y terapias varias, algunos síntomas comenzaron a mitigar en aquella clínica donde los pacientes no podíamos salir más allá de un pasillo cuyas barandillas daban a un jardín central, coronado por un templo dedicado a Dhanwantari. Mi llegada fue repentina y sólo pude estar una decena de días. Así que cuando hubo disponibilidad volví para hacer el tratamiento completo. Un mes.

En aquella segunda visita tuve dos vecinos. A la derecha estaba Oliver, un francés con obesidad; y a mi izquierda, Shailaja, que mientras se recuperaba de un cáncer me enseñó a cantar mantras.

Una tarde Oliver me preguntó: ¿Por qué no sueles quedarte cuando charlamos con Gary?

Gary,  indio afincado en Nueva York al que un infarto había paralizado algunas partes de su cuerpo, no dejaba de criticar el lugar.

– Para mí es tan especial este hospital, Oliver… -le respondí-, y Gary saca humo por la boca.

– Especial… -repitió Oliver con una mirada que me atravesó la vergüenza. Los jóvenes de hoy tenéis tal pobreza lingüística que a falta de otros adjetivos todo lo tildáis de especial.

Me reí. No soy muy fan de las afirmaciones colosales, pero ante esta me rendí. Me callé y me fui a leer.

 

Ayunar de algunas palabras para comer otras es sin duda una dieta de lo más sanadora. Pues las palabras crean; transforman aquellos universos especiales en mundos donde no necesitamos protegernos de nuestras verdades, donde puede experimentarse la propia realidad sin necesidad de teatralización. Lo más real que podemos vivir es aquello que acontece en lo abierto, aunque nos desborde por su grandeza o su todavía aparente insignificancia, aunque no estemos seguros de nuestros refugios.

Por eso no prescindamos de nuestras cabezas, pero la próxima vez que nos encontremos, quitémonos el sombrero.

 

*  Para el título del post me he inspirado en el mensaje con el que David Testal enunció una de sus charlas: “La desgracia de considerarse espiritual”. Os recomiendo pasar a conocer su blog.