Qué levante la mano quién no haya tenido nunca esta sensación… Vaya, creo que no veo ninguna.

Iba en el coche con mi amiga María Morell. Era Navidad del 2008 y conducíamos para reencontrarnos con el mar. La que escribe iba articulando algún despropósito del tipo Lo sé, no pretendo que me hagan una estatua, pero… con todo lo que he hecho por ella…

A lo que en su sabio estilo contundente, María respondió: No te creas que eres la Madre Teresa de Calcuta.

Muchas cosas han cambiado desde entonces. Tuve esa sensación encontrada suficientes veces: la alegría de dar por un lado; el desencanto de no sentirme correspondida por otro. O de no recibir gratitud. O lo que es peor: que el boomerang lanzado con buenas intenciones retorne bruscamente.

No quería seguir mecida por ese vaivén:  ¿cómo podía hacerlo?, ¿a qué respondía ese mecanismo?, ¿será una tara congénita de la raza humana?, ¿cómo sería eso de pagar sin esperar las vueltas?

 

Imaginaba ser capaz de dar placenteramente sin la tiranía de las propias necesidades… Un chute de libertad, ¿verdad?

Si alguna vez te has planteado ésto, es una buena señal. Algún lado de ti intuye que no somos meros instrumentos.

 

Dar con alegría sin atisbo de tristeza o enfado cuando no se avista el calor en el momento que una lo necesita no es de lo más sencillo. Me he embarcado en aventuras más sobrias. Como aprender a cocinar postres sin gluten o cultivar buganvillas.

Sin embargo, estoy segura de que cuando quieres aprender algo y pulir una cara de ese diamante en bruto que somos, hay algo inmensamente inteligente que comienza a ponerte en bandeja las vivencias perfectas para que lo aprendas. A veces son un pelín rotundas, estoy de acuerdo. Sakamoto no tocó The Last Emperor tras una semana de ensayo. Ni Nadal ganó el Gran Slam en la primera gota de sudor.

 

En éstos últimos años he vivido alguna que otra experiencia interesante. En su trastienda todas estaban ensayando nuevas maneras de dar, de ser y de recibir. Y lo más hermoso: de confiar en ellas.

Era francamente curioso. Con disfraces diferentes me estaban enseñando lo mismo. Cuando me di cuenta y tomé nota, dejaron de suceder.

 

Aquí te comparto las instrucciones que me llevaron a emanciparme de la sensación de dar mucho y recibir poco:

 

+ Cuando sobrevaloras lo que das y subestimas lo que te dan es presumible que te sientas decepcionado.

+ Cuando esperas recibir de las mismas manos a las que diste estás perdiendo de vista la cantidad de manos que están allí haciéndo regalos cada día.

+ Cuando idealizas a las personas es bastante probable que acabes desgastado, fatigado. Colocar a alguien en un pedestal es un gasto de energía descabellado, primero hay que subirlo y después, bajarlo. Por eso, huyo de que nadie me coloque en un mamotreto de ésos. No es que no haya seres humanos lindos (el mundo está lleno de ellos) pero somos eso.. humanos ¿no es genial así? Además, sin diferencia de alturas nos sentimos más cerca.

+ Sé honesto contigo. ¿Qué hay detrás de tu ofrecimiento? La fuerza no viene del dar por el dar, sino de la intención real que hay detrás.

+ Raciona tu tarta. Quizá sientes que tienes mucho para dar, pero si no te lo han pedido… es normal que se atraganten.

+ Escucha tu corazón, no siempre estás preparado para dar o dar lo mismo. Hay días que te necesitas más que otros, ¿verdad?

+ Cuando das sin esperar recibir, curiosamente recibes más. Desde los lugares más hinóspitos. De personas desconocidas. Es genial vivir esas sorpresas.

+ Respetar la naturaleza de cada uno, hay personas que son más “de dar” y otras más “de recibir”. Y así es más armónico.

+ Rendirse a la experiencia de SER, sin más. Personalmente, prefiero ser contigo que servirnos en algo. Lo más bello de la dinámica de dar/recibir es ir más allá de ella.

+ Llénate de buenas experiencias, de buenas lecturas, de mucha naturaleza, de buena música, de compartir la cercanía de personas lindas. Así no necesitarás que nadie venga a rellenar tu copa. Eso no quiere decir que nos cerremos y no compartamos. Todo lo contrario.

 

No dejes de dar porque te golpeó el boomerang. El miedo no te va a proteger. Simplemente te aislará. No importan sus motivos.

Importa si con aquella experiencia creas un castillo y no una tumba. Afloja tus barreras. Conectemos. Seamos juntos.

fg

                                       ¿Te es familiar esta sensación? ¿Qué trucos utilizas para crear tu propia magia?