Los últimos días en Mallorca, desayunaba entre pinos, caballos, ovejas, gallinas, un par de ponis y una cabra salvaje. Tenían su orden, sus rituales, sus horarios, sus momentos de descanso, de diversión y también sus diferencias.

Era algo nuevo para mi. Me fascinó observar y descubrir algo de sus gustos, sus manías, sus instintos y su increíble conexión con la Naturaleza.

Sin ninguna duda, la cabra salvaje era un icono de independencia, además de ser la única de su especie en la finca. Se rascaba feliz con las ramas y sus saltos eran objeto de las atenciones de las visitas. Su tamaño le daba la agilidad de un zorro y su condición salvaje, llenaba de cautela sus pasos hacia mi. Era la única que no se dejaba acariciar, aunque cada día podíamos estar más cerca.

Hasta que se acercó. Ella llevaba unos días pensativa. Era martes y mientras tomaba mis tostadas, se sentó a mi lado: traéme unas extensiones de cabello oscuro y largo.

¿¿Cómo??

No daba crédito. Sin embargo, accedí a su petición.

Me vió llegar y se las dejé a una distancia prudente. Era tarde, la luna nos dejaba vernos y me fui a dormir preguntándome qué diablos pasaría por su cabecita…

Al día siguiente lucía una fantástica cresta de cabello reluciente, perfectamente trenzado y encerado. Parecía que su cuello se había alargado. Y entonces me lo contó: Estoy cansada de que no me den las mismas zanahorias y alcachofas que a los caballos. De que no me cepillen el pelo cada día. No vienen a cabalgar conmigo cada atardecer – Bajó la mirada y de refilón, miró a un par de esbeltos caballos distinguidamente engalanados para una competición – Yo también quiero ir de viaje por la isla y tener esa potente voz.

Así que durante unos días refinó su andar y le hicieron unos cuantos favores. Comenzaron a fijarse en su nueva personalidad extravagante. Ahora ya no saltaba, por miedo a no hacerlo tan elegantemente como sus compañeros de granja y dejó, por supuesto, de relacionarse con las ovejas.

¡Qué cabello!, ¡qué andar tan preciso! decían los jinetes.

¡¡Qué bien!! Ya me quieren, pensó la cabra.

La madrugada comenzaba a estallar entre los árboles.

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La vi, entre las maderas de la puerta del establo.

Quítame estas extensiones, suplicó con su mirada.
Me molestan, me estiran cuando me peinan y me parece un rollo salir a cabalgar bajo las órdenes de Alex. Prefiero saltar libremente entre los bancales.

¿Sabes? soy una cabra. Tratar de ser feliz siendo un caballo es tan complicado como que la fresa quiera saber a cereza y oler a azahar.
Ha estado bien probar, ahora sé que escuchando mis necesidades de cabra, honrando mis saltos de cabra y expresándome como una cabra, siento esa satisfacción que anhelaba. 

 

Me dejó acariciar su pelo de cabra mientras despegaba aquel cabello de carnaval.

Y sonreí para mis adentros. Yo también prefería que fuera ella y volver a saborear su leche convertida en queso.

Ser lo que es, se pertenezca a la especie que se pertenezca, es una sencilla manera de ser feliz.

Amar lo que eres no necesariamente supone buscar algo. No necesita de nada ahí fuera, no escucha “deberías”.  Ya es completo.

 

 

No siempre hemos sido nosotros mismos, ¿o sí?

¿Cómo te va cuando eres TU?