Pablo tiene una fortuna bastante considerable. Su mente brillante y su tesón de noches sin reloj le regalaron un diseño mecánico que una corporación japonesa compró en exclusividad. Eso le permitiría retirarse profesionalmente. Sin embargo, Pablo es la viva representación de ese dicho chino que murmura sólo en la actividad vivirás mil años.

Ahora se dedica a hacer lo que le apasiona, lo que le divierte, lo que le hace aprender. Y lo que sirve a otros. Juega a mover su capital entre el arte,  la tecnología, la investigación y las instituciones sociales de su país (y medio mundo). Su máxima pasión es aventurarse a viajar sin mapas y en soledad por lugares que le conectan con culturas ancestrales: Me despiertan, dejo de ser “correcto”, experimento sin ropa, piso sin zapato, sonrío sin miedo y me siento acogido y amado de una manera que no experimento de otro modo.

Cuando me encuentro con Pablo me habla un ratito de los nuevos superávits que han generado sus movimientos financieros, de la preciosa casa con vistas al Atlántico que acaba de comprar en la costa francesa para escaparse a surfear y a escribir de vez en cuando, de sus viajes.

Y luego se extiende cuando me cuenta que está preocupado porque a su chica no se le oye decir  un “sí, quiero” firme. Que se le quedó mal sabor de boca por un roce con quien le lleva la cuentas. Qué no encuentra la manera de llevarse amablemente con la mujer de su hermano. Se le parte el alma cuando cuenta que sigue sin poder llegar a su padre. Que aún estando a su lado, se siente a millas de distancia. Que todavía le gustaría recibir esa palmadita en la espalda con la que sueña desde hace treinta y ocho años, a pesar de años de terapia. Y qué su momento más profundamente alegre fue en aquella hoguera de la selva brasileña. El calor no venía exclusivamente de la hoguera. Eran las miradas de aquellas personas, su facilidad para tocar el corazón, sus ojos llenos de cuentos, su absoluta y entregada presencia.

¿Sabes? No creo mucho en los decretos universales.  En las verdades insalvables.

Salvo en las leyes del amor, creo que todo está lleno de matices, de colores, de historias personales que configuran pequeñas grandes verdades, de fuerzas dulces e inmensas que mueven algún paso cuando nos creemos que todo el empeño es nuestro.

Sin embargo, hay algo que observo cada día… en mi gente, en mi, en los cursos, en las consultas y en Pablo. Algo que, como el oxígeno que inspiramos, compartimos. Podemos tener el trabajo más apasionante, las vistas más maravillosas sobre el mar y la salud más impecable.  Incluso una fortuna que crece con sólo respirar.

Y aún así, todos seguimos anhelando ese calor humano que reconstituye, esa relación de buen vivir, los preciosos matices serenos que proporcionan las relaciones de afecto sincero, las emociones escalofriantes de las amistades mayúsculas. Los latidos de un encuentro fortuito en el metro o el súper. Incluso a veces, una mirada o una sonrisa de origen desconocido ensancha los límites del alma (en el caso de que el alma los tuviera).

Ahora mismo mi sobrino me estira de la camiseta hasta levantarme de la silla mientras masculla Arta… Quiere que vayamos a pasear en bici. Cómo saben de buenas relaciones…

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Mucho se ha escrito sobre relaciones, sobre el secreto de su plenitud, sobre los pasos para resolver un conflicto. Hay teorías y muchas prácticas que suman, que nos enseñan.

De hecho, había pensado en titular este post como: pasos para una relación humana de ensueño.

Pero… después de mis experiencias, de mis lecturas y algunos cursos, sólo me salían tres:

 

1. Sácale brillo a ese diamante en bruto que eres cada mañana.

Cada uno tiene sus maneras, sus necesidades… escúchate, deshaz tus nudos (con o sin ayuda), experimenta y utiliza un trapo suave y un ritmo acompasado para hacer brillar tus caras.

2. Ponte en la piel del otro.

Observa qué le gusta, qué le hace saltar de felicidad, qué le ocupa sus horas altas y bajas. Atiéndele. Escucha. Recuerda el nombre de sus hijos. Pregunta por la salud se su mamá. Puede sonar inocentón, sin embargo el sencillo ejercicio de dedicar tiempo a observar los gustos y los motivos de sus suspiros tiene un profundo efecto en la plenitud de una relación vivida, sea de la naturaleza que sea.  Después, según tu capacidad y posibilidad, proporciónale a esa persona aquello que parece alegrarle más. Puede ser un café humeante, una comida en concreto, un espacio de silencio o una conversación. Hay algo más de este ejercicio que no me gustaría guardarme… Y es que, es contagioso. No sabrán cómo ni por qué, pero tu estar con y para el otro se les pegará.

3. Y sé generoso. Contigo y con él.

No hay mayor riqueza.

En algún lugar de ti quizá esto resuene como una bonita verdad…

 

Sin título

 

*Si quieres saber más sobre este tema, te recomiendo su libro El Tallador del Diamante y su web www.geshemichaelroach.com.

 
Y ahora sí… me voy en bici… Te deseo un día de lo más generoso…
 

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¿Y tú? ¿Qué secreto tienes para tus relaciones feliciosas?