Emiliana volvía de noche.

Su casa, hecha de estrellas y fucsias, entrenaba para su llegada: los grados adecuados, un grillo entonado, los cojines esponjosos y silencio… detrás, debajo, al lado y más allá, en los deseos de Emiliana.

Casi llegando a encajar la llave en el dosel de su particular mansión, su vecino le preguntó: ¿todo bien?… Emiliana escuchó una vez más esta pregunta amable que siempre le había resultado tan protocolaria y por primera vez respondió con una sonrisa traviesa lo que siempre había querido responder:

“No, pero eso está bien. Está bien que sea así”

Y así, Pedro pudo abrir sus compuertas, allí en pleno rellano alunado y con la espuma de las cervezas encaramándose en la terraza de en frente…

“Pues sí Emiliana, así es”

 

Y sonaron las trompetas, los truenos rompieron los aquietadas voces del vecino que, temerosas y en un arranque de añorada locura, gritaron entusiasmadas lo que reflejaba esa mirada inquieta…

Se desataron los nudos. Se despegaron las etiquetas…

Y allí estaba Pedro, más desnudo y más bello que nunca, contando con azucaradas lágrimas vitales que sus días no estaban mal, que su trabajo era el que había soñado, que tenía unos amigos fantásticos, que era una delicia salir a pasear cada día, leer bajo el Sol, escaparse quince días de vacaciones a la costa azul y tomar un par de Hendrick’s los sábados noche.

Y también, que algunas veces su voz le sonaba a mentira y que otras, había una sensación de inconsistencia sumergida… Como una música escondida en su alma que no podía hacer sonar.

Emiliana lo estaba mirando serena. El parecía impermeable a los destellos sin motivo de la Vida:

“Hay un espacio dentro de ti que no se mueve por razones y reacciones, que no va de que la Vida vaya bien o mal, de que estés en un momento de caos o de estabilidad plana como un mar tórrido de agosto”

Pedro la escuchaba. Visto desde lejos parecía que cada célula de su cuerpo se hubiera detenido para dedicarse exclusivamente a recibir aquella pregunta:

“¿Eres todo aquello que te sucede circunstancialmente?”

“Bueno, en parte sí…”

“Yo intuyo que eres mucho más que eso…

… Escucha unos instantes los latidos de tu corazón…

… Y detrás… ¿qué escuchas?”

 

Desapareció el eco de la cerveza. Se ausentaron las voces conmovidas. Había empezado a llover.

Sus células replegaron su escucha satisfechas como si ahora tuvieran derecho a comerse la tarta entera y comenzaron a bajar las escaleras.

Emiliana giró la llave dentro de la cerradura, se tumbó en su hamaca recordando las palabras de su añorada y luminosa maestra: La Vida no tiene mucho sentido si no nos dejamos tocar; si no tocamos el corazón de los demás. Llorar o reir, son los dos aspectos de la misma moneda con la que nos echamos la Vida… a suertes. Aléjate de la perfección que roba movimiento, de la crítica proteica, de las rigideces que entumecen y ten la certeza de que por encima y por debajo de eso que llamas momentos difíciles no hay más, ni menos, que una muestra de que estás vivo y de que la Vida te está invitando a disfrutar aún más. A ser de nuevo brote.

Y desde allí vio a Pedro… alzando sus brazos desde una tosca roca, acuclillando sus rodillas y tomando impulso…

Se arrojó al aire como en un vuelo pulverizado de frescura, se sumergió en el mar como si la Vida nunca le hubiera manoseado y quedó flotando con la mirada reluciente de un adolescente que continúa floreciendo.

 

Todavía.